“Un experimento abierto” en la Tate

La agencia de comunicación cultural de París, Agenda, organiza del 19 al 22 de junio de 2017, en la capital francesa, la XVIII edición de la conferencia de comunicación de arte internacional Communicating the Museum. El evento reunirá a 300 profesionales de los museos para debatir sobre “El poder de la educación”, analizar las últimas tendencias y compartir buenas prácticas. Anna Cutler, directora de Aprendizaje de la Tate, responsable del lanzamiento, en 2016, del innovador programa de esta institución, el Tate Exchange, y uno de los principales ponentes del evento, nos ha dedicado parte de su tiempo para responder a algunas preguntas de cara a la conferencia.

¿Podría contarnos alguna experiencia profesional que haya marcado su dilatado interés en las actividades enfocadas en el aprendizaje?

En 2002 nos invitaron a 15 directores de Creative Partnerships (entre los que me encontraba yo) a organizar un programa de tres años en nuestras respectivas regiones de Inglaterra (la mía era Kent). El objetivo del programa era crear las condiciones adecuadas para desarrollar en los colegios un aprendizaje creativo con artistas y organizaciones artísticas del que se pudieran beneficiar los niños. Algo dentro de mí hizo que me cuestionara por qué hacía aquello y cuál era mi responsabilidad con las personas implicadas. Comencé a leer mucho sobre el aprendizaje creativo, hablé con artistas, organizaciones y directores de colegios de la zona y fui a ver lo que estaba pasando en el terreno político y social de nuestra localidad. Intenté imaginarme cómo abordar este programa y cómo evaluaríamos la situación actual. Todos mis instintos me decían que fuera más despacio, que experimentara, que corriera riesgos fundamentados y averiguara qué era lo que estaba ocurriendo realmente. Pero lo más importante es que me sentí obligada a hacer todo esto con otras personas y a iniciar un recorrido a partir de la experiencia aportada por todas ellas. En la práctica reconocí que yo, y todos nosotros, teníamos la necesidad de aprender y de hacer mejor las cosas. No se trataba solo de transmitir, contar, informar o insistir en lo que ya “sabíamos”. Se abría ante nosotros todo un mundo de posibilidades.

En este sentido, tuve que aguantar bastante. Cada mes recibíamos un gráfico con las cifras de todos los proyectos y programas que ya estaban en marcha por todo el país, en el que, prácticamente durante todo el año, mi zona (Kent) aparecía con un enorme cero en número de actividades. Cada poco me llamaban para preguntarme al respecto y yo les explicaba que estábamos formándonos, trabajando juntos, integrando ideas, pensando, conversando, leyendo, estructurando, planificando y aprendiendo. Ahora miro hacia atrás y me doy cuenta de la valentía y la confianza que mis superiores depositaron en mí: me permitieron invertir en tiempo y en las personas. 

El enfoque resultó ser muy efectivo y en los años siguientes el trabajo empezó a despegar de verdad en Kent. Los artistas y los colegios innovaron y realizaron intervenciones extraordinarias, y desarrollaron experiencias de aprendizaje creativo muy valiosas para todos los participantes. Sentí, por primera vez, que sabía qué condiciones daban lugar a qué tipo de experiencias de aprendizaje, y también supe por qué la creatividad, las artes y el aprendizaje creativo resultan esenciales para el desarrollo social, emocional e intelectual de las personas.

©Tate Photography

¿Puedes describir brevemente el programa Tate Exchange?

Tate Exchange es un experimento abierto. Es un programa continuo de actividades y eventos desarrollados por artistas, profesionales, público y asociados que trabajan tanto dentro como fuera del sector de las artes y cuyo objetivo consiste en crear un diálogo en torno al arte, la sociedad y otros temas más amplios a los que nos enfrentamos hoy en día. Es un nuevo espacio cívico en la Switch House del Tate Modern y en las galerías de la primera planta del Tate Liverpool, una iniciativa que implica a varias instituciones de la Tate, por las que el público se puede pasar a charlar, unirse a la conversación o disfrutar de un encuentro casual y aprender algo nuevo.

Tate Exchange es también una plataforma que sirve para que el museo sea más abierto, para que ponga a prueba ideas e impulse nuevas perspectivas con y a través del arte. Está dirigido a todas y cada una de aquellas personas que quieran participar en el proceso creativo de la Tate y explorar nuevas formas de pensar en arte y en el valor que éste aporta a la sociedad.

El programa es anual y consta de tres fases que se desarrollan entre septiembre y junio. La primera fase se lanzó el 28 de septiembre de 2016 con el artista Tim Etchells, quien creó una serie de actividades que hicieron que cientos de miembros del público participaran en largos y profundos debates sobre cualquier tema, desde arte hasta el dinero. La segunda fase colabora con el programa Founding Associates, que incluye organizaciones de todo el Reino Unido [centradas en] el trabajo con jóvenes, la literatura, la salud, la arquitectura, la filosofía, el baile [etc.]. La tercera fase está dedicada a compartir abiertamente la evaluación y los resultados de nuestra investigación, preguntar qué hemos aprendido en este primer año y qué supone.

Nosotros anticipamos una participación diaria en el Tate Exchange de unas 200 personas, pero hemos llegado a entre 500 y 600 al día, incluso más algunos días. Hasta la fecha han participado un total de más de 100.000 personas (en Londres y Liverpool), muy por encima de nuestras expectativas. El grado de interés y de compromiso ha sido muy elevado, ya que el 67% del público se quedaba entre 20 minutos y dos horas y media, y muchos de ellos continuaban con visitas a las galerías.

¿Cuál ha sido la respuesta al programa en los primeros meses de su existencia?

Realmente nos ha sorprendido la respuesta tan positiva que ha tenido. Si bien estamos aprendiendo mucho y el público nos está permitiendo conocer la profundidad del debate y de la comprensión que están experimentando, la respuesta emocional que ha provocado el programa ha sido el aspecto más abrumador. Hemos visto mucha conexión humana inesperada, lágrimas y risas. A mí, y a gran parte del equipo que participa en el programa, nos han abrazado (¡y besado!) y hemos participado en algunas de las conversaciones más profundas de nuestra vida, a menudo con completos desconocidos.

Bárbara, una mujer de 86 años que vive en una vivienda de protección oficial cerca del Tate Modern, me envió un correo electrónico muy largo y emotivo que me hizo darme cuenta de que los participantes estaban experimentando más de lo que yo había anticipado. Esta mujer me decía: “Tus proyectos de intercambio son como un antídoto de esperanza… considero un enorme privilegio el haber vivido lo suficiente para haber sido capaz de participar un poco”.

El público entiende perfectamente lo que está ocurriendo en el espacio y disfruta de verdad participando. Tienen permiso para quedarse apartados y observar, no se obliga a nadie a nada. Ahora me doy cuenta de que Tate Exchange ha cobrado vida propia (más allá de lo que yo imaginé) y es el equipo que lo gestiona, los artistas y asociados que lo programan y el público que participa en el programa y le da forma quienes se encargan de crearlo de una forma distinta cada día.

Esto no quiere decir que no haya muchas cosas que podrían mejorar, ni que no haya cosas que no han funcionado o que han resultado algo tensas. ¡Hemos tenido días muy vacíos y otros completos y aterradores! Ha habido personas que querían más y otras que querían menos. Hemos tenido algún fallo y algunas personas no han querido participar. Desde el punto de vista técnico, queremos establecer conexiones más profundas entre el contenido de Tate Exchange y la colección, y también con debates más amplios sobre arte y sociedad. Pero a medida que nos acercamos al final de la segunda de las tres fases, todos nos sentimos bastante inspirados por lo que ha ocurrido y por lo que parece posible.

©Tate Photography

¿Qué puede aportar esta iniciativa de la Tate a profesionales de los museos de otros países y contextos?

Espero que esto anime a otros a correr riesgos, a hacer lo que saben que tiene valor y que de verdad posibilita formas de aprendizaje profundas. Quizás ilumine la realidad de esta sociedad cambiante en la que vivimos y las expectativas del público que visita los museos. ¿Nos atrevemos a rechazar el modelo tal y como lo conocemos y a adoptar los cambios de actitud y comportamiento del público? El cambio es posible, ¡incluso en grandes instituciones! El mundo es un lugar diferente y la gente tiene un mayor compromiso (o falta de) y sentimiento de pertenencia a la esfera pública. En mi experiencia, ellos han querido ser parte de algo relevante y actual. Y esto incluye a un público más amplio y diverso que el que hemos recibido hasta la fecha, un público que también quiere y necesita llamarnos la atención por lo que hacemos, por cómo, con quién y para quién lo hacemos. Me he dado cuenta de que la gente quiere una conexión profunda, y la quieren a través del arte y el debate, quieren aprender de los demás y de sí mismos. Necesitan que nosotros también aprendamos ¡y debemos hacerlo! En una época en la que el mundo parece estar más dividido que nunca y en la que escasean la tolerancia y la generosidad, la escucha y la empatía, Tate Exchange deja vislumbrar lo que se puede lograr. Pero, sin duda, no fui yo quien logró todo eso, han sido los propios participantes, los organizadores del programa, las personas implicadas en crear los procesos y las prácticas de la experiencia en Tate Exchange quienes lo han conseguido. Parece, así, que emerge un nuevo modelo de “ciudadanía”.

Tate Exchange cuenta con el apoyo de la Fundación Freelands, el Arts Council England, la Fundación Paul Hamlyn y los mecenas de la Tate. Agradecemos a Jonathan Robinson y Shelagh Wright su papel y su contribución al desarrollo y el diseño de Tate Exchange. 

©Tate Photography