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28 de mayo de 2026

ICOM Voices Escuchar en los confines de la memoria: el desafío de documentar los pasados traumáticos a través de la historia oral

Shreya Sharma

curadora sénior de la Devi Art Foundation e historiadora oral

Palabras clave: historia oral, trauma, testimonio, documentación ética, patrimonio sensible, colecciones museísticas, patrimonio inmaterial, memoria comunitaria.

La historia oral ha sido durante mucho tiempo una de las herramientas más poderosas en el repertorio de los profesionales de los museos: un medio para recuperar las voces que los registros escritos borran y dar vida a los archivos. Sin embargo, cuando las historias que documentamos se refieren a atrocidades, desplazamientos forzosos, violencia sexual o persecución colectiva, el trabajo toma otra dimensión. Se convierte en un acto que combina simultáneamente la preservación, el testimonio y el cuidado, en el que el profesional ocupa una posición peculiar y exigente para conseguir la intersección de esos tres aspectos.

El peso de la entrevista

Hay un momento que reconocerán la mayoría de los historiadores orales que trabajan con el trauma. Se produce en algún punto a mitad de una entrevista, generalmente cuando el narrador —que puede ser un superviviente de un genocidio, una persona que ha estado encarcelada o un testigo de violencia entre comunidades— se detiene en medio de una frase. La grabación, por su parte, continúa. La sala está en silencio. Y el profesional debe mantener dos responsabilidades en una tensión perfecta e irreconciliable: la necesidad de una grabación completa y coherente y la obligación humana de estar sencillamente presente ante el dolor de otra persona.

Esta tensión no es algo incidental en el trabajo. Es el trabajo. Los museos y las instituciones culturales reconocen cada vez más el testimonio oral como una forma de evidencia insustituible: un contrapeso a los silencios de los archivos oficiales, una extensión viva de las colecciones materiales. Pero los marcos metodológicos no siempre han seguido el ritmo de las complejidades éticas que surgen cuando las historias que se documentan no son meramente dolorosas, sino potencialmente retraumatizantes, políticamente controvertidas o delicadas.

El consentimiento informado no es un formulario

El reto comienza mucho antes de iniciar la grabación. El consentimiento informado, en la historia oral del trauma, no es una simple firma en un formulario de autorización. Es una negociación continua y en evolución que debe ampliarse a lo largo de la recopilación, el archivo, la exposición y la difusión digital —etapas que pueden abarcar décadas y superar la vida del narrador.

Los profesionales que trabajan con supervivientes de la Partición de la India de 1947, comunidades posconflicto o supervivientes de la violencia de Estado, se enfrentan con frecuencia a un dilema particular: un narrador que da su pleno consentimiento en el momento de la grabación puede no haber previsto o ser incapaz de imaginar de qué formas circulará su testimonio en un escenario digital. Un testimonio grabado en 1987 de una superviviente de la Partición, en el que una mujer describe la violencia sexual que sufrió durante el conflicto armado, puede haber sido archivado con unas garantías de acceso restringido que, sencillamente, ya no son técnicamente aplicables en la era de las colecciones digitalizadas y los metadatos en libre acceso. La responsabilidad del museo no termina con el consentimiento original; comienza de nuevo con cada nueva plataforma, cada nuevo público, cada nueva era.

Esto exige lo que algunos profesionales han comenzado a denominar «marcos de consentimiento continuo»[1]: protocolos que incorporan revisiones periódicas, establecen relaciones con las partes interesadas de las comunidades y no solo con narradores individuales, y tratan el archivo como un conjunto de responsabilidades en lugar de un simple fondo documental.

La propia herida del profesional

Uno de los aspectos que más se suele eludir de forma sistemática en el trabajo sobre la historia oral del trauma es su impacto en los propios profesionales. El estrés traumático secundario, es decir, la absorción vicaria de la angustia derivada de la exposición prolongada a los relatos del sufrimiento ajeno, es algo bien documentado en entornos clínicos y humanitarios, pero las instituciones culturales siguen sin reconocer su prevalencia entre los historiadores orales, archiveros y profesionales de museos que trabajan con colecciones patrimoniales sensibles.

Se trata, en parte, de un problema estructural. Los historiadores orales suelen trabajar en equipos reducidos o en solitario y no disponen de las mismas estructuras que los profesionales clínicos. También es, en parte, un problema de cultura profesional. En el trabajo patrimonial y archivístico persiste la suposición de que el rigor y la distancia emocional están relacionados, de que el «buen» profesional no siente demasiado. Esta suposición no solo es falsa, sino también peligrosa. La documentación elaborada por un profesional que reprime su respuesta emocional no es mejor, es una documentación con distorsiones ocultas, moldeada por lo que no pudo soportar escuchar.

Las instituciones tienen una responsabilidad a este respecto. Contar con un acompañamiento, conversar entre compañeros y dedicar tiempo a reflexionar sobre la experiencia vivida, tras la recopilación del testimonio, deben tratarse como requisitos metodológicos, no como prestaciones sociales. La calidad de la recopilación de una historia oral traumática está directamente relacionada con el apoyo psicológico ofrecido a quienes la recopilaron.

Lo que el archivo no puede contener

Existe un reto adicional que ninguna metodología resuelve totalmente: el carácter incompleto de la grabación. El recuerdo traumático no es lineal. Es fragmentario, contradictorio, está salpicado de silencios. Es habitual que los supervivientes no puedan, o no deseen, narrar de manera secuencial y causalmente coherente prevista por las convenciones de catalogación archivística. Las pausas, las negativas, las digresiones y los colapsos emocionales forman parte del testimonio tanto como las palabras, y sin embargo se encuentran entre los primeros elementos que se eliminan en la transcripción, en los metadatos y la exposición.

Esto tiene un profundo efecto en la forma de presentar al público la historia oral por parte de las instituciones. Los formatos expositivos que reducen el testimonio a leyendas ilustrativas, o que seleccionan momentos emocionalmente legibles para impactar al visitante, corren el riesgo de producir una especie de turismo del trauma, un encuentro que conmueve sin ser veraz, que afecta sin rendir cuentas. El reto consiste en encontrar enfoques curatoriales que respeten la complejidad y la dificultad del testimonio traumático sin convertirlo en algo inaccesible o voyerista.

En mi propio trabajo con supervivientes de la Partición de la India de 1947, me enfrenté a un malestar con la documentación, que iba mucho más allá de lo abordado por los diseños de los protocolos estándar de consentimiento. Muchos supervivientes, especialmente las mujeres que habían sufrido violencia sexual, secuestro o conversión forzosa durante el desplazamiento masivo de más de diez millones de personas, se negaban a ser grabados con cámara o micrófono, o insistían en un anonimato tan absoluto que ni siquiera se podía mencionar el nombre de sus aldeas. Para algunos, el miedo era una cuestión práctica. Sus familiares no sabían lo que les había ocurrido y la vergüenza asociada a ciertas formas de violencia de la Partición, en particular contra los cuerpos de las mujeres, se había soportado en silencio durante décadas. Hablar ante una grabación suponía arriesgarse a quedar expuestos dentro de sus redes familiares. Para otros, la negativa era más una cuestión existencial. Una voz capturada en una cinta o un rostro en una película se percibían como una manera de fijar, de hacer permanente aquello que el superviviente había pasado toda una vida tratando de superar, o que solo había procesado mediante el olvido intencionado. Varios profesionales que trabajaban en los proyectos señalaron que los testimonios más significativos solían ser aquellos que nunca se grababan, relatos compartidos en el contexto de una conversación que el narrador pedía explícitamente que no se conservaran. Estas negativas son en sí mismas una forma de evidencia histórica, un registro del impacto de la violencia colonial y el trauma infligido al conjunto de una comunidad en la relación de una persona con su propia historia. Y cualquier metodología que no pueda incorporarlo, o que lo trate como un fracaso de la documentación, ha malinterpretado por completo la naturaleza del trabajo.

Hacia una práctica de testimonio ético

¿Qué significaría elaborar un marco profesional compartido para el testimonio ético en la práctica de la historia oral? Dicho marco debería abordar al menos cuatro dimensiones: la relacional, que abarca la negociación continua del consentimiento y los deberes de asistencia del profesional hacia los narradores; la institucional, que abarca las estructuras de ayuda a los profesionales y los modelos de gobernanza que permiten una auténtica colaboración con la comunidad; la archivística, que abarca los protocolos de acceso, la ética de la digitalización y la preservación de la complejidad en la grabación; y la curatorial, que abarca las responsabilidades de las instituciones cuando presentan testimonios traumáticos al público.

Ninguna institución ni organismo profesional puede elaborar esto en solitario. Las historias orales que se están recopilando en la actualidad —en zonas de conflicto, comunidades que han sobrevivido a un genocidio y entornos poscoloniales de todo el mundo— determinarán la interpretación de las generaciones futuras de lo que se infligió y lo que se sufrió. Lo mínimo que les debemos a esos narradores es una práctica tan rigurosa como su valentía.

Escuchar bien, es decir, con atención, con ética y siendo conscientes del poder, no es una habilidad social genérica. Se trata de una de las competencias profesionales más exigentes del mundo de los museos. Es hora de que lo tratemos como tal.

[1] Nota de la editora: «living consent frameworks» en inglés, idioma en el que fue escrito el artículo.