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abril 22, 2026

ICOM Voices La ética de lo invisible: cuando preservar es no mostrar

Pedro Machado Mastrobuono

Presidente de la Fundação Memorial da América Latina (São Paulo, Brasil) desde 2023. Posdoctor en Antropología Social por la Universidade Federal de Mato Grosso do Sul (UFMS). Ex presidente del Instituto Brasileiro de Museus (IBRAM, 2019-2022)

Hay lugares que piden silencio, no visita. En el corazón de la Amazonía colombiana, el Parque Nacional Natural Serranía de Chiribiquete alberga decenas de miles de pictogramas distribuidos en abrigos de piedra. Son escenas de caza, danzas, rituales y figuras del jaguar, no como vestigio arqueológico, sino como expresión viva de una cosmología aún palpitante, custodiada por pueblos que eligieron el aislamiento como forma de existir.

En 2018, Chiribiquete fue reconocido por la UNESCO como Patrimonio Mundial de la Humanidad, en una categoría singular que integra valores naturales y culturales sensibles. Colombia transformó ese reconocimiento en política pública y consolidó una noción clave para los debates contemporáneos: el de «patrimonio sensible», que debe ser conocido sin ser visitado, accesible únicamente mediante registros mediados y bajo estrictos protocolos éticos, de consentimiento y de seguridad cultural.

El concepto de patrimonio sensible, incorporado progresivamente por la UNESCO y el ICOM, se refiere a bienes que, por su carácter sagrado, simbólico o vulnerable, no pueden ser explorados ni exhibidos sin riesgo de daño material o espiritual. En estos casos, la visita física se sustituye por capas de acceso digital, siempre bajo la supervisión de comités técnicos indígenas que participan en todas las decisiones relativas a la documentación, el uso y la difusión de imágenes e informaciones. Preservar, en este contexto, no significa solo conservar un objeto, sino respetar el derecho a lo invisible, a la no exhibición y a la no mercantilización de la memoria.

De este paradigma deriva también el concepto de geoprivacidad, es decir, la protección deliberada de coordenadas, rutas y metadatos que puedan conducir al sitio físico del patrimonio. La geoprivacidad impide que áreas sagradas o frágiles sean rastreadas, violadas o apropiadas. En Colombia, los organismos de preservación desarrollaron protocolos que establecen niveles diferenciados de acceso (público, investigador y comunitario) y exigen estudios de impacto patrimonial antes de divulgar cualquier imagen. La digitalización, entendida así, no es apertura indiscriminada, sino mediación ética: el público accede al registro, no al territorio. Se aprende a ver sin invadir.

En los paneles de Chiribiquete, el jaguar aparece como entidad fundadora, mediador entre lo humano y lo sagrado, eje de organización del mundo. No se trata de una figura decorativa o mitológica, sino de un principio cosmológico activo. Al reconocerlo como sujeto y no como objeto, la museología colombiana rompe con modelos expositivos eurocéntricos y transforma la curaduría en un acto de escucha, respeto y contención.

Esta reflexión se inscribe también en mi experiencia institucional reciente, marcada por el desafío de articular ética, política pública y preservación patrimonial en contextos latinoamericanos complejos.

Desde la perspectiva de un investigador brasileño, la comparación con Brasil se vuelve inevitable. En Colombia, el Estado reconoce explícitamente el principio de no contacto y no visita en áreas habitadas por pueblos aislados, y toda forma de difusión pasa por comités de gobernanza y protocolos éticos consolidados. En Brasil, pese a la vastedad de su patrimonio arqueológico e indígena, aún no existen directrices nacionales claras sobre patrimonio no visitable, geoprivacidad o niveles de acceso digital. Mientras Colombia institucionaliza el cuidado, Brasil, en muchos casos, aún no ha iniciado plenamente este debate.

La fragilidad no es solo normativa, sino estructural. Persisten consejos de patrimonio sin especialistas en arqueología o paleontología, escasa formación técnica y una comprensión limitada de la preservación como política de Estado. A pesar de haber ratificado en 1973 la Convención de la UNESCO de 1970 contra el tráfico ilícito de bienes culturales, Brasil carece aún de una integración efectiva entre ciencia y política patrimonial, lo que compromete la salvaguarda de bienes extremadamente vulnerables.

Como miembro del ICOM, resulta difícil no sentir una cierta incomodidad ética ante esta distancia entre los debates internacionales y la realidad institucional brasileña. El caso de Chiribiquete ofrece una lección de método y humildad: demuestra que preservar también implica proteger el derecho a existir en silencio, reconocer que hay memorias que no deben ser expuestas, sino cuidadas.

Chiribiquete inaugura así una frontera ética fundamental para la museología contemporánea: la del patrimonio que se preserva precisamente por no ser tocado. En tiempos de sobreexposición y consumo acelerado de imágenes, esta experiencia recuerda que la verdadera modernidad no siempre consiste en mostrar más, sino en saber cuándo no mostrar. Porque preservar, en última instancia, también es un acto de contención.